Entre la leyenda y la historia

Fray Felipe de Santiago, religioso del monasterio de La Rábida, en 1714 recopila la leyenda de la aparición de la Virgen a un zapatero residente en Huelva.

Curación de Juan Antonio (Azulejo existente en el santuario de Conquero)

    En el año 400 vivía en Huelva un zapatero, llamado Juan Antonio, con su mujer, Lucía. Ambos acostumbraban a recoger pobres y a regalar zapatos a los niños necesitados el día de la Natividad del Señor. En cierta ocasión recogieron a un pintor, llamado Pedro Pablo, y entablaron una estrecha amistad. Un día, al regresar de Gibraleón, Juan Antonio sufrió un gran dolor en el costado, hasta el extremo de no poder continuar el camino. Descendió de la montura, y ya en el suelo invocó a la Virgen de la Natividad. En el acto, al extender el brazo por el mismo dolor, encontró una cinta y ciñéndosela desapareció rápidamente el malestar. Al llegar a su casa contó el suceso a su mujer y al pintor como un favor de la Virgen. En agradecimiento hizo una pequeña ermita y en ella Pedro Pablo pintó a la Señora. La representó sentada con el Niño en los brazos. Jesús aparece desnudo y con zapatos, y con un cinto en la mano que parece entregar a María, manifestando el refugio de su Madre para los pecadores. Un par de ángeles coronan a la Virgen. Preguntado el pintor por qué había figurado así a la Madre y al Hijo, respondió que el Niño lo representó desnudo y con zapatos “por los que en su nombre daba su buen amigo en el día de su santísimo nacimiento y a su Santísima Madre con una granada, que era para dar a entender que todas las virtudes y gracias puso Dios en esta Señora con tanta perfección y compostura como esta fruta tiene, y la corona denotando cómo la Beatísima Trinidad la coronaron Señora de todas las Virtudes y de todo lo criado, y al Niño el cinto por el milagro que María Santísima hizo con su devoto”. Por ello es venerada y aclamada esta imagen con el título de la Cinta.

    Continúa tan curiosa relación contando que con la invasión musulmana los cristianos la ocultaron y derribaron la ermita. Permaneció oculta hasta el año 1400. Apareció cuando un mozo, llamado Francisco Pedro, conducía unas reses vacunas y fue acosado por un toro. Para salvarse dio un gran salto y se agarró a unas matas altas que trepaban por un muro. En aquel momento se desprendieron algunas piedras y surgió la milagrosa imagen. A sus gritos acudieron muchas personas: unas para ver el animal arrodillado, y otras atraídas por la muchedumbre que se había agolpado en el lugar. Acabaron por descubrir la pintura mural, que recortaron y trasladaron a un sitio más alto, donde hoy está la ermita, dejando en el lugar de la aparición una señal junto al camino. Era el mes de diciembre del citado año.

Milagro del toro (Azulejo de Zuloaga existente en el Santuario del Conquero)

    En el año 1762 Juan Agustín de Mora recoge otra leyenda. Ésta estaba pintada en cuatro lienzos de la ermita, ya desaparecidos, pero que hoy día la leyenda está representada en unos azulejos de una pared lateral del Santuario.    

    El primero de los lienzos representaba lo siguiente: Estando este christiano en un lugar de Berbería, afligido por la mala vida que su amo le daba, se encomendó a Nuestra Señora de la Cinta y milagrosamente se le apareció, y le dixo, que lo sacaría de allí. Su amo el moro oyó hablar al christiano con Nuestra Señora, y le dijo: “¿Qué mujer es essa que habla contigo?” Y respondió, que era Nuestra Señora de la Cinta, que lo avía de sacar de allí. Y respondió el moro: “Yo te pondré donde no te saque”.

    En el segundo lienzo se leía: Aquí es donde este moro mandó hacer un arca, y metió al christiano dentro, y tomando un gallo le cortó el pescuezo y le dixo al christiano: “Quando este gallo cantare, tendrás tu libertad”, y cerró el arca, y le echó dos mármoles encima. Y él se tendió encima del arca, y milagrosamente vino a parar a el Humilladero.

Milagro de moro. Bautizo

    La inscripción del tercer lienzo decía: Aquí es donde se despertó el moro, y le dixo al christiano: “En tu tierra estamos”. Y respondió el cristiano: “¿No te lo dixe yo, que esta Señora era poderosa?” Abrió el arca, y embió al christiano al lugar, a que diesse cuenta del milagro que avía obrado con él la Virgen. El christiano vino entre el cabildo eclesiástico y secular, y hallaron al moro humillado delante de la Virgen.

    En el cuarto lienzo concluía la narración: Aquí es donde quisieron fabricar Hermita, y por el peligro del mar, que daba donde estaba Nuestra Señora, cortaron el paredón y colocaron donde oy se conserva la imagen de Nuestra Señora, trayéndola en procesión, y el moro acompañándola; y el moro recibió el agua del baptismo, sirviéndole el christiano de padrino, donde quedaron sirviendo a Nuestra Señora hasta la muerte.

    El primero de estos dos relatos explica el comienzo de la devoción a la Virgen de la Cinta con el milagro del zapatero, ocurrido tres siglos antes de la invasión musulmana. Y la segunda, la leyenda del moro, admite que dicha devoción permaneció durante la dominación musulmana. El posterior descubrimiento de la primitiva pintura, gracias al milagro del toro, favoreció para su difusión, máxime cuando las tierras onubenses habían sido reconquistadas para la fe cristiana.